Lección 4: La Reina de los corazones es necesaria para que los hombres lleguen a su último fin.

La Reina de los corazones es necesaria para que los hombres lleguen a su último fin Llena de dones especialísimos, Dios hizo de María la Reina de los corazones de sus elegidos. Por voluntad de Dios, Ella se vuelve necesaria para la salvación. En esta aula, veremos cómo ser verdadero devoto de la Virgen es señal clara de predestinación.

Pongo a su disposición online el texto del tratado: https://bit.ly/TratadoVD

Meditación y Oraciones del día

Veni Creator Spíritus, Ave Maris Stella y Magnificat

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Ven Espíritu Creador;
visita las almas de tus siervos.
Llena de la divina gracia
los pechos que Tú creaste.

Tú eres llamado Paráclito,
don de Dios altísimo,
fuente viva, fuego, amor
y unción espiritual.

Tú septiforme en el don;
Tú el dedo de la mano de Dios,
Tú, auténtica promesa del Padre,
que enriqueces la lengua con palabras.

Enciende lumbre en los sentidos,
infunde amor en los corazones
corroborando con vigor constante,
la fragilidad de nuestro cuerpo.

Rechaza lejos al enemigo,
concede prontamente la paz,
yendo así Tú delante como guía
evitemos todo mal.

Haz que por Tí conozcamos al Padre,
y conozcamos también al Hijo,
y por Tí, Espíritu de entreambos,
creamos en todo tiempo.

A Dios Padre sea la gloria,
y al Hijo, que entre los muertos,
resucitó, y al Paráclito
por los siglos de los siglos.

Amén.
Salve, del mar Estrella,
Salve, Madre sagrada
De Dios y siempre Virgen,
Puerta del cielo Santa.

Tomando de Gabriel
El Ave, Virgen alma,
Mudando el nombre de Eva,
Paces divinas trata.

La vista restituye,
Las cadenas desata,
Todos los males quita,
Todos los bienes causa.

Muéstrate Madre, y llegue
Por Ti nuestra esperanza
A quien, por darnos vida,
Nació de tus entrañas.

Entre todas piadosa,
Virgen, en nuestras almas,
Libres de culpa, infunde
Virtud humilde y casta.

Vida nos presta pura,
Camino firme allana;
Que quien a Jesús llega,
Eterno gozo alcanza.

Al Padre, al Hijo, al Santo
Espíritu alabanzas;
Una a los tres le demos,
Y siempre eternas gracias

Proclama mi alma la grandeza del Señor,
se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador,
porque ha mirado la humildad de su esclava.
Desde ahora me felicitarán
todas las generaciones,
porque el Poderoso ha hecho obras
grandes en mí y su nombre es santo.
Y su misericordia llega a sus fieles
de generación en generación
sobre los que le temen.

Él hace proezas con su brazo:
dispersa a los soberbios de corazón,
derriba del trono a los poderosos
y enaltece a los humildes;
a los hambrientos los colma de bienes
y a los ricos los despide vacíos.
Acogió a Israel su siervo,
acordándose de su misericordia
–como la había prometido a nuestros padres –
en favor de Abraham y su descendencia
para siempre.

Gloria al Padre y al Hijo y al Espíritu Santo …
Imitación de Cristo, libro III, cap. 40

Por lo cual, si yo supiese bien desechar toda consolación humana, ya sea por alcanzar devoción o por la necesidad que tengo de buscarte, porque no hay hombre que me consuele, entonces con razón, podría yo esperar en tu gracia, y alegrar me con el don de la nueva consolación. Gracias sean dadas a Ti, de quien viene todo, siempre que me sucede algún bien. Porque delante de Ti yo soy vanidad y nada, hombre mudable y flaco.

¿De dónde, pues, me puedo gloriar, o por qué deseo ser estimado? ¿Por ventura de la nada? Esto es vanísimo. Verdaderamente, la gloria frívola es una verdadera peste y grandísima vanidad; porque nos aparta de la verdadera gloria y nos despoja de la gracia celestial. Porque contentándose un hombre a sí mismo, te descontenta a Ti; cuando desea las alabanzas humanas, es privado de las virtudes verdaderas. La verdadera gloria y alegría santa consiste engloriarse en Ti y no en sí; gozarse en tu nombre, y no en su propia virtud, ni deleitarse en criatura alguna, sino por Ti.

Sea alabado tu nombre, y no el mío; engrandecidas sean tus obras, y no las mías; bendito sea tu santo nombre, y no me sea a mí atribuida parte alguna de las alabanzas de los hombres. Tú eres mi gloria. Tú eres la alegría de mi corazón. En Ti me gloriaré y ensalzaré todos los días; mas de mi parte no hay de qué, sino de mis flaquezas.
1a Consecuencia:
María es la Reina de los Corazones

37. De lo que acabamos de decir, se debe evidentemente concluir: En primer lugar, que María recibió de Dios un gran dominio en las almas de los elegidos, pues Ella no puede hacer en ellos su residencia como Dios Padre le ha ordenado, formarlos, nutrirlos y engendrarlos a la vida eterna como madre suya, tenerlos por herencia y porción suya, formarlos en Jesucristo y a Jesucristo en ellos, dejar en su corazón las raíces de sus virtudes, y ser la compañera indisoluble del Espíritu Santo para todas estas obras de gracia. Me parece que Ella no podría hacer todas estas cosas, sino teniendo el derecho y dominio sobre sus almas por una singular gracia del Altísimo, que habiéndole dado potestad sobre su Unigénito, se la ha dado también sobre sus hijos adoptivos, no sólo en cuanto al cuerpo, lo cual sería poco, sino también en cuanto al alma.

38. María es la Reina del cielo y de la tierra por obra de la gracia, como Jesucristo es Rey por naturaleza y derecho de conquista: ahora bien, como el reinado de Jesucristo consiste principalmente en el corazón o en el interior del hombre, según estas palabras: “El reino de Dios está dentro de vosotros” (Lc. 17, 21), de igual manera, el reinado de la Santísima Virgen es principalmente en el interior del hombre, o sea en su alma, y es principalmente en las almas donde Ella es más glorificada con su Hijo que en todas las criaturas visibles, de donde nosotros podemos llamarla como los santos Reina de los Corazones.

2a Consecuencia:
María es necesaria a los hombres para llegar a su último fin

39. En segundo lugar, es necesario concluir que la Santísima Virgen siendo necesaria a Dios con una necesidad que llamamos hipotética, en consecuencia de su voluntad, es mucho más necesaria a los hombres para alcanzar su último fin. No se debe confundir la devoción a la Santísima Virgen con las devociones a los santos, como si no fuera más necesaria y sólo por supererogación.

1º. La devoción a la Santísima Virgen es necesaria a todos los hombres para salvarse

40. El docto y piadoso Suárez, de la Compañía de Jesús, el sabio y devoto Justo Lipsio, doctor de Lovaina y muchos otros, han probado irrefutablemente en concordancia con los sentimientos de los santos Padres, entre otros San Agustín, San Efrén, Diácono de Edesa, de San Cirilo de Jerusalén, de San Germán de Constantinopla, de San Juan Damasceno, de San Anselmo, San Bernardo, San Bernardino, Santo Tomás y San Buenaventura, que la devoción a la Santísima Virgen es necesaria para la salvación, y que es una señal infalible de reprobación –como sienten incluso Ecolampadio y algunos otros herejes– no tener estima y amor a la Santísima Virgen; siendo, por el contrario, clara señal de predestinación, entregársele entera, devota y verdaderamente.

41. Las figuras y palabras del Antiguo y Nuevo Testamento así lo prueban, los sentimientos y ejemplos de los santos lo confirman, la razón y la experiencia así lo enseñan y demuestran, los propios diablos y sus secuaces, movidos por la fuerza de la verdad, a pesar suyo han sido obligados a menudo a confesarlo. De todos los pasajes de los santos Padres y Doctores, de quienes he hecho un amplio recuento para probar esta verdad, no comentaré más que uno para no extenderme demasiado: “Tibi devotum esse, est arma quaedam salutis quae Deus his dat quos vult salvos fieri...” El seros devoto, ¡oh Santísima Virgen! –dice San Juan Damasceno– es un arma de salvación que Dios da a quienes quiere salvar.

42. Podría aquí relatar muchas historias que prueban la misma cuestión, entre otras: 1ª. la que nos refieren las crónicas de San Francisco, de cuando él vio en éxtasis una gran escalera que iba hasta el cielo, al fin de la cual estaba la Santísima Virgen, y por la cual le fue indicado que era necesario subir para llegar al cielo; 2ª. la que es relatada en las crónicas de Santo Domingo, en que se cuenta que quince mil demonios poseían el alma de un infeliz hereje, cerca de Carcasona, donde Santo Domingo predicaba el Rosario. Confundidos, fueron obligados por mandato de la Santísima Virgen, a confesar muchas, grandes y consoladoras verdades referentes a su devoción, con tal fuerza y claridad, que aunque seamos poco devotos, no se puede leer esta auténtica historia, así como el panegírico que el diablo hizo a pesar suyo sobre la devoción a Ella, sin derramar lágrimas de alegría.

2º. La devoción a la Santísima Virgen esmás necesaria todavía para quienes están llamados a una perfección particular

43. Si la devoción a la Santísima Virgen es necesaria a todos los hombres para alcanzar su salvación, lo es mucho más aún para aquellos que son llamados a una perfección particular; y no creo que una persona pueda adquirir una unión íntima con Nuestro Señor y una perfecta fidelidad al Espíritu Santo, sin una gran unión con la Santísima Virgen y una gran dependencia en su socorro.

44. Solamente María encontró gracia delante de Dios (Lc. 1, 30) sin ayuda de ninguna criatura. Sólo por intermedio de Ella han encontrado gracia delante de Dios aquellos que después de Ella la han hallado, y sólo por Ella la tendrán aquellos que en lo sucesivo la han de hallar. Ella era llena de gracia cuando fue saludada por el arcángel San Gabriel (Lc. 1, 28), y fue super abundantemente llena de gracia por el Espíritu Santo cuando la cubrió con su sombra inefable (Lc. 1, 35); y de tal manera ha aumentado de día en día y de momento en momento esta doble plenitud, que llegó a un grado de gracia inmensa e inconcebible, de tal forma que el Altísimo la hizo única tesorera de sus riquezas, y la única dispensadora de sus gracias, para ennoblecer, elevar y enriquecer a quien quiere, para hacer entrar a quien desea por la vía estrecha del cielo, para permitir la entrada, a pesar de todo, por la puerta angosta de la vida a quien desea, y dar el trono, el cetro y la corona de rey a quien Ella quiere. Jesús es en todas partes y siempre el fruto y el Hijo de María; y María es en todo lugar y siempre el verdadero árbol que lleva el fruto de la vida, y la verdadera madre que lo produce.(Ver No. 33)

45. Solamente a María entregó Dios las llaves de las bodegas (Cant. 2, 4) del divino amor, y el poder de entrar en las vías más sublimes y secretas de la perfección, y allí hacer entrar a los otros. María solamente es quien da la entrada en el Paraíso celeste a los miserables hijos de Eva, la infiel, para allí pasearse agradablemente con Dios, para ocultarse con seguridad de sus enemigos, para allí alimentarse deliciosamente y sin temer la muerte, del fruto de los árboles de la vida y de la ciencia del bien y del mal, y poder beber a grandes tragos de las aguas celestiales de esta bella fuente que allí brota con abundancia; o mejor aún, como Ella misma es este paraíso terrestre, o esta tierra virgen y bendita de la que Adán y Eva pecadores fueron expulsados, no permite la entrada en sí misma más que a aquellos y a aquellas que son de su agrado, para hacerles santos.

46. Todos los ricos del pueblo, para servirme de la expresión del Espíritu Santo (Sal. 44, 13) –según la explicación de San Bernardo– todos los ricos del pueblo suplicarán vuestra mirada de siglo en siglo, y más especialmente al fin del mundo; o sea, que los más grandes santos, las almas más ricas en gracia y en virtud, serán las más asiduas en pedir a la Santísima Virgen, y en tenerla siempre presente como su perfecto modelo de imitación, y su ayuda poderosa para socorrerlas.

47. Todo lo que he dicho sucederá especialmente al final del mundo, y bien pronto. Ya que el Altísimo con su Santísima Madre deben formarse grandes santos que sobrepasarán en santidad a la mayor parte de los otros santos, como los cedros del Líbano sobrepujan a los pequeños arbustos, según ha sido revelado a una alma santa, cuya vida fue escrita por M. de Renty.

48. Estas grandes almas, llenas de gracia y de celo, serán escogidas para oponerse a los enemigos de Dios que bramarán de todos lados, y serán singularmente devotas de la Santísima Virgen, esclarecidas por su luz, alimentadas con su leche, conducidas por su espíritu, sostenidas por su brazo y guardadas bajo su protección, de tal modo que combatirán con una mano y edificarán con la otra (Neh 4, 17). Con una mano combatirán, derribarán, aplastarán a los herejes con sus herejías, a los cismáticos con sus cismas, a los idólatras con sus idolatrías, y a los pecadores con sus impiedades; y, con la otra mano edificarán el templo del verdadero Salomón y la mística ciudad de Dios, es decir la Santísima Virgen, llamada por los Santos Padres el templo de Salomón y la ciudad de Dios. Ellos conducirán a todo el mundo, con sus palabras y ejemplos, a la verdadera devoción a María, lo que les atraerá muchos enemigos, pero también muchas victorias y gloria para Dios sólo. Esto ha sido revelado por Dios a San Vicente Ferrer, gran apóstol de su siglo, conforme él mismo lo ha resaltado claramente en una de sus obras. Es lo que el Espíritu Santo parece haber predicho en el Salmo 58 (14-16) cuyas palabras son: “Et scient quia Deus dominabitur Jacob et finium terrae; convertentur ad vesperam, et famem patientur ut canes, et circuibunt civitatem (Versos 14 y 15) – El Señor dominará en Jacob y en toda la tierra, ellos se convertirán en el atardecer y sufrirán el hambre como los perros e irán alrededor de la ciudad buscando qué comer”. Esta ciudad que los hombres encontrarán al fin del mundo para convertirse y saciar su hambre de justicia, es la Santísima Virgen, quien es llamada por el Espíritu Santo villa y ciudad de Dios (Sal., 86, 3).

Lecciones del Curso

Bibliografía

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CATECISMO DE LA IGLESIA CATÓLICA. Madrid: Asociación de Editores del Catecismo, 2005.

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CONCILIO VATICANO II. Constitución dogmática Lumen Gentium. In: <http://www.vatican.va/archive/hist_councils/ii_vatican_council/documents/vat-ii_const_19641121_lumen-gentium_sp.html> Acceso en: 30 julio 2020.

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RAGAZZINI, Severiano. María, vida del alma. Barcelona: Balmes, 1986.

ROYO MARÍN, Antonio. La Virgen María. Madrid: BAC, 1968.

SAN LUIS MARÍA GRIGNON DE MONTFORT. Tratado de la verdadera devoción a la Santísima Virgen. Madrid: Apostolado de la Prensa, 1910.

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